viernes, 11 de mayo de 2012

Se busca marido

Tengo que confesar que me he dejado influenciar por la presión social, han sido tantos los comentarios acerca de mi soltería y tantas las demostraciones de lástima por mi desdichada condición, que he decidido buscar marido.

Como fiel seguidora y asidua practicante de temas de La Nueva Era, lo primero que hice fue comprar una lámina en corcho para crear  el “tablero de los sueños”, tal y como lo sugieren en El Secreto.  La Ley de atracción dice que los pensamientos y los sentimientos son el motor de la creación, se debe sentir que ya se obtuvo lo pedido para de este modo iniciar el proceso de materialización. La visualización, de acuerdo con esta teoría, es fundamental  para la realización de los deseos.

Teniendo en cuenta lo anterior inicié mi búsqueda. Recorté de GQ y Men’s Health fotos de hombres apuestos y bien vestidos, tipo modelito de Calvin Klein. Recorté también la foto que del Tino Asprilla salió en Soho (hay que pedir de más, porque siempre toca negociar). En resumen, eran hombres de más o menos 1,80 cm de estatura, cuerpo atlético, cara cuadrada, nariz recta, cejas pobladas, piel bronceada, barba poblada.

Siguiendo las recomendaciones de los maestros New Age, hice una lista con las características que debía tener ese hombre de mis sueños: amoroso, trabajador, sensible, espiritual, estable económicamente (léase con billete), amplio (de los tacaños, líbrame Señor),  cariñoso, tierno, fiel (de los infieles, líbrame Señor) y un largo etcétera.  Una vez terminada la lista la pegué al lado de las fotos.

Paso siguiente, buscar imágenes de la casa que iba a compartir con mi príncipe azul. Esta vez los recortes fueron de AXXIS, Casa diez, Mobiliari.  Mi tablero estaba listo.

Como soy bastante intensa, y cuando hago las cosas me gusta hacerlas bien, le puse nombre a mi futuro marido, se llamaba Pedro Luis, como el de Leonela, en honor a mi pasado novelesco venezolano. Hablaba con Pedro Luis, sentía que estaba conmigo, le contaba lo que iba a hacer, comentaba los acontecimientos del día. Me emocionaba pensar que tenía a mi lado el hombre con el que había soñado.

Pasaron los días, las semanas, los meses, y mi hombre del tablero no aparecía. Aunque conocí varios ejemplares masculinos durante esa época, ninguno se ajustaba al hombre de mi sueños. Rara vez alguno pasaba de los 1,70 cm de estatura. La gran mayoría eran practicantes de la religión “sólo quiero que seamos amigos, nada de compromisos”. Si quisiera un amigo no me hubiera pasado toda la tarde en el salón de belleza, dos horas pensado qué ponerme, y otras tantas practicando el discurso para no parecer desesperada. Además, ¿es qué no ha visto la cantidad de amigos que tengo en Facebook?  Cuando me refería a sensible, no era precisamente a la sensibilidad de la pantalla del Ipad, que era lo más sensible que tenían los aspirantes a Pedro Luis. Tiernos y cariñosos sí eran, si es que  las expresiones mami y reina caben dentro de esa categoría. No todo  fue malo, eran bastante estables, hacía como mínimo cuarenta años que vivían en la misa casa, con la  mamá. Cuando me iba bien en una cita era porque no tenía que pagar las boletas del cine, pero sí las crispetas y la Coca- Cola. Pasó el tiempo, y de Pedro Luis nada, si mucho se acercaban a Pedro el Escamoso.

Leí El Secreto por tercera vez, vi de nuevo el video de La ley de atracción, tal vez había omitido algún detalle importante, el elemento clave para la materialización de los sueños. Una vez releído el texto y repetido el video me di cuenta de los enormes errores que había cometido en la elaboración de mi “tablero de los sueños”. Para no aburrirlos voy a citar sólo algunos ejemplos.

1.   El promedio de estatura en Colombia es bastante inferior a la de los modelos de Hugo Boss, así que quité las fotos  que tenía, y colgué unas de Pirry.

2.   Hay que ser realista, cuerpos atléticos, trabajados y bronceados, sólo se ven en los modelos, en los hombres gay o en los desempleados, como no tienen nada más que hacer van todos los días al gimnasio.

3.   Tuve que reconocer que estaba pidiendo demasiado con lo de tierno, detallista y cariñoso, así que lo mejor era olvidarme de los ramos de rosas, las serenatas, los paseos románticos al campo con mantel de cuadros y botella de vino. No estamos en la Toscana. Aquí, si mucho gallina y Aguardiente Blanco del Valle en Pance. Lo mejor era incluir los términos mami y reina en esta categoría, y olvidarme del resto.

4.   La estabilidad laboral y financiera, teniendo en cuenta la crisis económica mundial, habría que ajustarla a un trabajo free lance o a consultor empresarial (que es lo mismo que ser desempleado, pero con caché)


5.   Las fotos de las casas las descolgué de inmediato. Pretender tener una mansión estilo californiano con muelle, velero y una camioneta último modelo en el garaje, si tenemos en cuenta el ingreso per cápita del colombiano, era un poquito exagerado. Así que colgué unas fotos de un conjunto residencial de esos que tienen 10 torres, mil vecinos bullosos con perros, gatos, loros y niños que gritan como desahuciados, y la tradicional venta de gaseosa y cigarrillos en la portería. Me pareció más acorde con la realidad nacional.

6.   El largo etcétera quedó en un corto hasta aquí.



Me niego a aceptar la realidad. Prefiero despertar compasión, a despertarme un día, y darme cuenta de que hubiera sido mejor seguir soñando. 

viernes, 4 de mayo de 2012

La Santísima Trinidad



-¿Qué? ¡Quiere ser puta?  -fue lo que me dijo el rector el día del grado. 

         Después de cinco años en la Facultad de Administración, la empresa que quería administrar no era una multinacional ni una prestigiosa entidad financiera, sino un prostíbulo. 
-Doctor, lo que quiero es montar mi propio negocio y convertirme en una próspera empresaria del entretenimiento nocturno, pero si usted lo quiere poner en esos términos, por mí no hay problema.
Durante los años de estudiante les propuse, con insistencia,  a mis compañeros de universidad  la maravillosa idea de montar un burdel. Pensé que alguno de aquellos futuros empresarios podría patrocinar tan estupendo proyecto.  Muy a mi pesar, ninguno se emocionó con la idea, y como yo no tenía el dinero para hacerlo, no me quedó más remedio que guardar mi antojo en el baúl de los deseos pendientes.
Mi sueño era abrir un glamuroso prostíbulo en una casona antigua, de las que se hallan ubicadas en la calle que del centro de la ciudad sube a la zona histórica. Anhelaba una casa de techos altos, paredes encaladas, pisos adoquinados, patio central con helechos y fuente de agua.  Con un amplio salón de luz tenue, que iluminara  el ambiente misterioso, ardiente y festivo de las noches eternas; un sitio donde el amor de una noche perdurara para siempre en el recuerdo indeleble de la  vieja casona, y en la vívida memoria de los mejores recuerdos.
Mi fantasía era recibir a los clientes como toda una «madame», acicalada con chalina de peluche rojo, tocado de plumas, uñas decoradas de rojo carmesí y estrellas plateadas, vestido negro largo ajustado al cuerpo y escote profundo.
«La Santísima Trinidad»  era el nombre que tenía para mi negocio, en honor a la trinidad más venerada por los mortales: la noche, el licor y el sexo.
El día de mi grado como administradora de empresas, y aprovechando que el rector estaba presente, le pregunté sobre la posibilidad de que el Programa Semilla, que financiaba proyectos empresariales a los estudiantes,  me prestara el capital inicial para montar mi negocio de entretenimiento.  Así era como solía llamarlo,  en un intento por camuflarlo, pues sabía que no iba a ser fácil que me prestaran dinero para abrir un burdel.  Sin embargo, era bastante difícil no terminar diciendo la verdad: camuflar un prostíbulo es  tan insensato como negarse a un polvo.
El rector se caracterizaba por ser una persona de ideas progresistas, y la universidad de tener ideología liberal, por lo cual  pensé que no iba a tener inconveniente con el crédito.
-¿Cómo cree que la universidad le va a patrocinar semejante inmoralidad? ¡Ésta es una universidad decente!
Resulta ahora que el sexo es inmoral e indecente.
Con el no rotundo del rector, con el temor a que me quitaran el diploma por ser una presunta practicante de la  inmoralidad y la indecencia, y con la indignación que me produce la doble moral -porque a mí que no me digan que el rector nunca había ido a un prostíbulo-,  salí del recinto y empezó mi pasión.
Decidí entonces acudir a la empresa del Estado que financiaba proyectos empresariales para jóvenes emprendedores. ¡Yo era una potencial beneficiaria del crédito! Era joven y nadie podía dudar de mi emprendimiento.
Hice todo lo que había aprendido  en la facultad: formulé y evalué el proyecto, dimensioné el tamaño del mercado (que era grande, por cierto), definí el posicionamiento (de marca), el uso del suelo,  elaboré los estados financieros proyectados a cinco años.  Durante varios días repasé el proyecto con minucia; no quería que el día de la entrevista con el funcionario estatal me hiciera falta algún dato, una cifra, un detalle pequeño que pusiera en riesgo la financiación de mi idea de negocio.
La noche anterior a la cita no pude dormir, repetía una y mil veces lo que iba a decir, daba vueltas en la cama cambiando los diálogos -a la vez que formulaba, respondía las preguntas-,   me levanté de la cama  en medio de la noche, y frente al espejo hice la presentación, gesticulaba con las manos, miraba a los ojos a mi interlocutor, que a esa hora de la noche era el perro; volvía y me hacía a mí misma preguntas, que respondía cada vez de  diferente manera. Entre presentaciones al público asistente en el espejo y conversaciones interminables con el cuadrúpedo,  solo dormí una hora.


 -Buenos días, busco al doctor Fernández.
-¿Viene para la presentación del proyecto?
-Sí, señora.
-En el salón del fondo están todos los proponentes.
¡Todos los proponentes! ¿Cómo así? Yo creía que presentaría mi propuesta de negocio de forma individual. ¡Qué equivocada estaba! Al llegar al salón del fondo me encontré con más o menos treinta personas. Antes de que iniciaran las exposiciones, indagué acerca de qué clase de negocios iban a presentar; así no sólo sabría a qué me iba a enfrentar, sino también qué posibles clientes podría pescar allí.
-Mi proyecto es una comercializadora internacional de artesanías,  dirigida al mercado inglés -dijo un chico de gafas redondas, chaleco a cuadros, pantalón de pana gris y un mechón grasiento que caía sobre su frente. Éste definitivamente no será cliente de «La Santísima Trinidad»;  mejor pasemos al siguiente, pensé.
-Una microempresa de confección, de camisas para hombre, dirigida al mercado español  -comentó Felipe, un chico trigueño, no muy alto, ojos verde oliva, pelo marrón desmelenado, barba de dos días, piernas gruesas, pecho amplio y nalga parada.
 -Un cultivo de espárragos a gran escala, enfocado al  mercado holandés -contestó una chica de falda larga, buzo cuello tortuga, pelo hasta la cintura y un inmenso crucifijo colgado al cuello.
¿Y es que el mercado local no cuenta, o qué? Voy a tener que replantear el posicionamiento de mi negocio: burdel a gran escala para el mercado mundial.
Una hora después, y valiéndose del poder que el dinero de los contribuyentes les otorgaba, entraron los cinco burócratas entrevistadores, con vestido de paño motoso, ajado y chafado.  Nos miraron con enojo, por ser los culpables de que aquel día hubiesen tenido que trabajar, de que el café de la mañana sólo hubiese durado cuarenta y cinco minutos, y de que el juego de solitario hubiese tenido que aplazarse hasta el día siguiente.
         Uno a uno pasaron  los jóvenes emprendedores a exponer sus proyectos. Los funcionarios hacían preguntas como tasa interna de retorno, tiempo para alcanzar el punto de equilibrio, número de empleos generados a mediano plazo,  aceptación del  producto o servicio por parte del mercado objetivo. 
¡Estoy salvada! Mis indicadores de gestión son inmejorables, sobre todo los que tienen que ver con generación de empleo y aceptación del servicio por parte del mercado objetivo.
Llegó  mi turno. Me estiré la falda del sastre rojo que llevaba puesto (no era mucho lo que se podía estirar), me acomodé la vena de las medias veladas,  me pasé la mano por el pelo, asentándome el cepillado,  cogí la carpeta con los acetatos y subí a la pequeña tarima que tenía el salón.
-Buenos días. Mi nombre es Estrella, soy administradora de empresas  y voy a presentarles mi proyecto de negocio, que consiste en montar un establecimiento de entretenimiento nocturno.  El negocio, que tendrá por nombre «La Santísima Trinidad»,  estará ubicado en el centro histórico de la ciudad, en el barrio Santa Fe, sitio privilegiado para el mismo, puesto que en la zona se hallan  varias universidades, edificios gubernamentales, oficinas, entidades financieras.   El negocio no necesita inversión inicial alta, sólo lo que concierne a la adecuación de la casa, compra de muebles, cortinas y artículos de decoración, ítems que pueden ver en la página ocho bajo el rubro de montaje inicial.  La ropa,  los baby dolls,  los zapatos y el maquillaje de las chicas están en el rubro dotación empresarial.  Los condones, en el de herramientas de trabajo. Dentro del programa de capacitación y desarrollo están las charlas sobre enfermedades de transmisión sexual y unos talleres sobre uso y práctica del  Kamasutra.
-Ya puede sentarse  -me dijo uno de los funcionarios. 
El éxito de mi presentación y del negocio mismo estaba asegurado.  El negocio era rentable, tenía una alta tasa interna de retorno, presentaba punto de equilibrio a los seis meses,  la inversión era baja,  y si por algún motivo mis proyecciones no funcionaban,  estaba la opción de que el Estado se quedara con el negocio: si tienen haciendas con hipopótamos, casas con grifería de oro y fincas con angelitos de cerámica haciendo pipí, ¿cuál es el problema de tener un burdel?  Al ver que ninguno de los cinco entrevistadores me hizo preguntas, me veía esa misma tarde, buscando la casa para mi negocio.
Me senté feliz. Los otros proponentes murmuraban entre sí. La envidia, como dicen por ahí, es mejor despertarla que sentirla. Claro, como a ellos los ametrallaron a preguntas y a mí no me hicieron ni una, se están muriendo de la rabia. Pensaron que sus negocios internacionales iban a estar por encima del mío. Pues se equivocaron. ¿Acaso no les enseñaron en la universidad la importancia del mercado nacional?
-Señorita Estrella -dijo el doctor Fernández.
-Estrellita -dije yo.
-Es una verdadera insolencia lo que usted acaba de hacer.  Su presentación es un irrespeto no sólo para con nosotros, sino también para con los demás proponentes. ¡Piensa que el Estado va a invertir  dinero en un prostíbulo? ¿No se da cuenta de que es un negocio inmoral? ¿Qué clase de moral tiene usted, si es que tiene alguna? ¡Ésta es una entidad seria y respetable! No patrocinamos la vagabundería ni alcahueteamos la sinvergüencería. ¡Haga el favor de retirarse inmediatamente!

¿Inmoral? O sea que se opone a las buenas costumbres.  ¿Y  a éstos quién les habrá dicho que el sexo es una mala costumbre?
Miré a los ojos a mis entrevistadores, uno por uno, con la cabeza en alto, la mirada fija y sonrisa un poco burlona, y en tono sarcástico les dije: Señores, los espero en mi negocio. Conozco un remedio para las malas costumbres.
Sorprendida, desilusionada y triste, me fui a la iglesia del Divino Niño, a buscar un milagro; alguien me prestaría el dinero, de eso no tenía duda. Me arrodillé en la primera fila, de frente al Divino Niño, que con su vestido rosado y los brazos abiertos parecía decirme: ven acá hija mía, yo te voy a ayudar. Con tal de que uno de los tres,  el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo se apiade de mí y de mi negocio, prometo hacer mis oraciones todas las noches y traer sin falta cada mes el diezmo.  Fue en ese momento cuando apareció un sacerdote bajito, rechoncho, calvete, con túnica fucsia, acompañado de tres hombres jóvenes, altos, rubios, como ángeles. Vea dónde  viene uno a encontrar los clientes, pensé.
El sacerdote cogió el micrófono y  anunció que los tres hombres eran de la ONG holandesa «Mujeres en progreso», y que iban a financiar proyectos empresariales a mujeres emprendedoras. Otra vez yo, mujer y emprendedora.  Me acerqué temerosa: si los laicos me habían sacado casi a patadas, no me imaginaba lo que me podría suceder con los clérigos. Claro que tuve precaución y no fui directamente al sacerdote, sino donde uno de los holandeses.
-Good morning, míster. I have a wonderful business project.
-Cuénteme de qué se trata -contestó el holandés.

¡Juemadre! Qué maña la mía de hacer siempre el ridículo. Yo dándomelas de muy internacional, y éste habla español.
         Con recelo saqué nuevamente mis acetatos, los extendí sobre una mesa que había en la sacristía, adonde nos  habíamos dirigido,  y le expliqué el proyecto.  Cuando terminé mi exposición, el holandés, sin ningún tipo de expresión en su cara  y mirándome a los ojos, dijo: Entiendo. Lo que usted pretende  montar es un local  como los del «Barrio Rojo de Ámsterdam». Me parece muy buena idea de negocio. Debemos hacerle unas modificaciones a la presentación del proyecto, y luego de eso cuente con nuestro apoyo y colaboración.
¡Voilà!  Por fin alguien me entendió.
Emocionada, me le abalancé y lo abracé.  Con los ojos aguados, con un vacío en el estomago y un nudo en la garganta, que no me dejaba ni respirar, le dije: Dios le pague, míster.

         Seis meses después (con el apoyo de los holandeses, la mediación de la Trinidad y la bendición del cura),  el rector, los burócratas,  los compañeros de la universidad, uno que otro sacerdote libertino, Felipe, las chicas y yo, inauguramos con una fiesta celestial «La Santísima Trinidad».

martes, 24 de abril de 2012

De tetas y otras cuestiones


Nunca he pertenecido a ninguna cofradía, hermandad, secta o algo que se le parezca. No creo en las demostraciones de afecto colectivo, el compañerismo desinteresado o el apoyo incondicional que se ofrece en esos sitios. Luchar por causas filantrópicas,  salir a la calle con carteles y  gritar consignas, me parece no sólo ridículo sino inútil, y más cuando la turba que grita enardecida es de mujeres (con el perdón de mis congéneres). Por más que yo sea mujer, no puedo negar lo histéricas que somos, no cada veintiocho días como algunos pretenden hacernos creer, sino cada veintiocho minutos.


Por eso cuando me vi recorriendo las calles de la ciudad acompañada de más o menos doscientas mujeres perturbadas, bullosas, enajenadas; y cincuenta hombres igual  de ofuscados, con carteles en la mano y gritando: “Exigimos una solución a nuestras prótesis mamarias”, no lo podía creer.  Me sentí alienada, había perdido la razón y ni hablar de la dignidad. Allí estaba, pancarta en mano y con mis nuevas amistades luchando por una causa común: que nos quitaran y repusieran las prótesis mamarias PIP.

No puedo negar que a mi oscura moralidad le gustaba pertenecer a una perturbada colectividad. Sin embargo, no  vayan a creer que la lucha conjunta con mi heterogénea hermandad la hacía de manera desinteresada. No soy lo que se diga una Madre Teresa. Si voy a luchar por algo es por mi propio beneficio y no por las ballenas del Ártico. Por eso cuando supe que se habían conformado grupos de protesta que exigían una reparación inmediata a las perjudicadas por las prótesis PIP, no dudé en salir corriendo a ver qué podía ganar.
   

Ni siquiera sabíamos a quién reclamarle o en donde protestar, ya que todos jugaban a Pilatos: los médicos decían que el responsable era el Invima, el Invima que era la empresa fabricante. La empresa fabricante, con sede en Francia, había sido declarada en bancarrota en 2010, y  su propietario, un ex carnicero de 72 años, preso.  En conclusión, teníamos que ir a Francia a reclamarle al gobierno francés. Así que ni modo, me tocó guardar el cartel, despedirme de mis “nuevas amigas” y regresarme a mi casa, con el rabo entre las patas y las tetas rotas.
 
Varios días después de nuestra fallida manifestación salió el tan anhelado comunicado del gobierno, bastante desfachatado y pasado de cínico. Decía que nos iban a explantar las prótesis, pero que no nos implantarían unas nuevas. Las nuevas implantaciones se harían sólo en los casos de cirugías reconstructivas, pero no en las estéticas. Qué salomónica decisión. A ver, para que nos vamos entendiendo señores funcionarios, si nos pusimos las prótesis mamarais era porque queríamos tetas grandes, voluptuosas y paradas, no un saco de pellejo blandito y descolgado hasta el ombligo.

Que el Estado no tiene porque pagar por la vanidad de las mujeres, decían algunos. Sí, es verdad, lo acepto. Pero por lo que sí tiene que pagar es por las consecuencias derivadas de la negligencia de su trabajo. Trabajo que consiste en realizar los estudios suficientes y necesarios a los medicamentes y, en este caso en particular, a las prótesis que iban a ser implantadas  en el cuerpo humano. No estamos hablando de un champú  anticaspa o de una crema antiarrugas, no señores, es algo un poquito mas delicado.  Está bien creer en la buena fe de los fabricantes, pero no está de más revisar de vez en cuando si lo que dicen los documentos es verídico. ¡No qué a los colombianos nos sobra “malicia indígena”, qué somos muy vivos y qué nadie nos mete goles! Los funcionarios del Invima podrán ser muy indígenas, pero de malicia poco.

No volví a saber de mis compañeras de lucha. Añoro esos momentos insólitos de confraternidad del género femenino, transexual, transgenerista. La organización armada de letreros y proclamas desapareció como desaparecieron nuestras grandes, paradas y hermosas tetas, las que en el  pasado mostrábamos con orgullo, las que ayudaron por años a levantar nuestra autoestima (y otras cosas), y las  que hoy no son más que una masa siliconada, amorfa y estallada.

Como siempre sucede en este país, se hizo un escándalo por algunos días, pero luego nadie volvió a hablar del tema. Las asociaciones feministas guardaron silencio, pareciera que esto no fuera con ellas. La razón salta a la vista. Huelo en el ambiente un tufillo a quién las manda, eso les pasa por vanidosas, brutas y vacías. De esta experiencia aprendí que la indolencia y la indiferencia son el cáncer de la sociedad, por eso a partir de hoy saldré a la calle a gritar a favor de los osos polares, en contra de los asesinatos en Bahréin, las violaciones a mujeres en Nigeria. Porque yo podré ser siliconuda y hueca, pero nunca más indiferente.

domingo, 15 de abril de 2012

Un servicio nada secreto




El pasado viernes trece de abril, durante la VI Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias, y antes de la llegada del presidente Barack Obama, los medios de comunicación nos sorprendieron con la noticia que doce miembros del Servicio Secreto de los Estados Unidos habían sido devueltos a su país debido a “conductas indecorosas”, entre las que se mencionaban asuntos relacionados con prostitución. Lo que luego se supo fue que las “conductas indecorosas” no sólo involucraban el hecho de haber contratado prostitutas, sino que los místeres en cuestión eran indecorosamente tacaños.  No hay nada de malo en ser ganoso, pero cicatero es otro cuento.



El escándalo se destapó porque una de las afectadas con la negativa de los  miembros del Servicio Secreto a pagar la cuenta, por concepto de “polvos caribeños”, tuvo el coraje de denunciarlos en una estación de policía de la ciudad. Debido a lo cual, el servicio prestado por las meretrices  ya no fue tan secreto.

Cuando leí la noticia pensé: bien hecho que los hayan devuelto a los Estados Unidos, y hasta los deberían dar de baja. No hay justificación para la torpeza de haberse dejado pillar. Si yo fuera Obama, los destituiría, ni siquiera por el hecho de haber contratado las prostitutas, ya que  no son los primeros ni serán los últimos miembros del equipo de seguridad del presidente que viajen al exterior y contraten servicios con final feliz incluido, ni por el escándalo ni por la vergüenza para los Estados Unidos; sino por la incapacidad de echarse un polvito, o varios, sin que todo el planeta se entere. ¡Y a eso le llaman Servicio Secreto!

Mi indignación aumentó cuando me enteré que “las canitas al aire” de los muchachos de Obama se habían hecho públicas por no pagar los servicios contratados con las mesalinas tropicales. Pero lo que sí me produjo satisfacción y me llenó de orgullo patrio, fueron los cojones de la cortesana colombiana que fue a denunciar el no pago del polvo.

—Buenos días, señor agente, vengo a poner un denuncio.
—¿Por qué concepto?
—Por robo.
—¿Qué se le robaron?
—Un polvo, qué digo uno, cinco.
—¿Un qué? perdón.
— Un polvo.

Eso es tener coraje, porque no debe ser nada fácil que le crean a uno que un miembro del Servicio Secreto de los Estados Unidos no le pagó los polvos de la noche anterior. Sobre todo en un país como Colombia en donde algunos “Padres de la Patria” tienen la desfachatez de decir que las mujeres nos inventamos las violaciones.  Mucho menos le iban a creer a una prostituta que un gringo buenón, alto, acuerpado, ojiazul y miembro del Servicio Secreto le hizo conejo a los polvitos. Para no ir muy lejos, si yo les contara a mis amigos una historia que involucrara sexo con un espécimen de estos, estoy convencida que lo mínimo que me dirían es mentirosa, que dejara de chicanear, que no fuera tan descarada de andar cobrando y que más bien pagara yo por semejante favor. Al agente de policía que creyó en la versión de la prostituta lo deberíamos nombrar héroe nacional.

Un asunto  que me ha causado curiosidad, desde que supe la noticia, son los términos de negociación de una transacción como esta: ¿cuál será la tarifa coital entre prostituta colombiana y miembro del Servicio Secreto gringo? ¿La tarifa se pagará en devaluados dólares o en revaluados pesos? ¿se hará en español, en inglés o tendrán un traductor simultáneo?  ¿Los servicios se prestarán individualmente o en grupo? 

Para evitar futuros contratiempos de ésta índole, les hago una sugerencia a las chicas que reciben honorarios por practicar el arte del Kamasutra,  que exijan por anticipado siquiera el cincuenta por ciento del valor de la transacción. Entregar el producto sin billete de por medio es muy riesgoso, mis queridas amigas. O al menos pidan un aval: el reloj, un ID con foto, el anillo de grado de la universidad. Gringo que se respete tiene su tremendo anillo, y en este caso, en particular, tendría uno morrocotudo de oro macizo con una inscripción en letras góticas de color negro que dice “US Army liberty  and justice for all”.  También es cierto que si se pone uno con mucho remilgue llega otra más despabilada y se lleva el gringo. Y como dice mi gran amiga Estrellita, curtida en estas lides; polvo que se va no vuelve, o, siempre hay una más puta que lo da por menos.

Espero que lo sucedido con los doce miembros del Servicio Secreto y las prostitutas en Cartagena, le sirva de experiencia a los empresarios colombianos ahora que entra en vigencia el TLC.  Más vale pájaro en mano. 

sábado, 7 de abril de 2012

De soltera … a solterona

En menos de un mes cumpliré cuarenta años y, al igual que cuando cumplí treinta, ya empecé a recibir las “bien intencionadas” preguntas de familiares y amigos: ¿y sigues soltera? ¿cuándo te vas a casar? Y la que más me gusta ¿por qué no te has casado? Algunos empiezan a mirarme con sospecha y otros con lástima. Es como si tuviera una enfermedad terminal. Desahuciada por la sociedad.


El mito que las mujeres nos  tenemos que casar, como una obligación o un deber social, estoy convencida tiene mucho que ver con los mal llamados cuentos infantiles, tipo Cenicienta, La Bella Durmiente, Blanca Nieves, Rapunzel. Donde la protagonista para ser feliz, salir de su letárgico sueño o de su prisión, necesariamente, debe ser encontrada por un príncipe y casarse, de lo contrario será desdichada para siempre.

Revisé las historias de estos cuentos infantiles y me encontré con un común denominador: hay que estar “dormida”, como Blanca Nieves y la Bella Durmiente, para que el príncipe azul aparezca. Una de las acepciones que da la RAE para el verbo dormir es: Estar en aquel reposo que consiste en la inacción o suspensión de los sentidos y de todo movimiento voluntario. Lo cual significa que si el príncipe azul no aparece (o se va) estaremos condenadas a vivir para siempre en estado de inutilidad e improductividad.  Bonitas las enseñanzas que nos dan desde pequeñas.

Otra excelente moraleja que encontré es que aquellas mujeres que no nos hemos casado, o las que no tienen pareja, quedamos inscritas dentro de la misma categoría de las hermanastras de Cenicienta: feas y amargadas. Porque claro, las princesas son siempre hermosas. O se es princesa o se es bruja, no hay término medio en estos cuentos. Claro que a los hombres tampoco les va mejor, o son príncipes o son sapos. Yo prefiero ser bruja, porque curiosamente son las únicas que se ríen en estos cuentos.

Las princesas conquistan a sus príncipes porque saben tejer, pintar, bailar, cantar. Pero cuidado,  no todas las artes sirven para conseguir marido. Si usted es hábil, por ejemplo, en el arte de follar, sea cautelosa y no lo haga publico, porque la llamarán prostituta. Mi recomendación para aquellas mujeres que quieran casarse es que aprendan a cantar y se olviden del Kamasutra. Eso sí, mi querida amiga, tan pronto se case le aconsejo que deje de cantar y se dedique a follar. Porque de lo contrario llegará una bruja que folla mejor que usted y la expulsan del castillo.

Otra recomendación, si es que quiere conseguir marido, es que aparente ser sumisa, virtuosa, y callada. Ni se le ocurra andar por la vida pregonando independencia,  expresando lo que siente, piensa o desea, podrían tildarla de libertina. Las  protagonistas de estos cuentos rara vez hablan y cuando lo hacen es para mostrar su dolor y sufrimiento. Es como si el matrimonio fuera la  recompensa a los años de martirio. Por lo tanto,  lo mejor es que se haga la sufrida y muestre debilidad, porque de lo contrario puede terminar vistiendo santos o desvistiendo borrachos.

Aunque los cuentos siempre terminan en se casaron y vivieron felices, yo me pregunto, será que después de, digamos, quince años de matrimonio Blanca Nieves no extraña a los siente enanitos,  Rapunzel la tranquilidad de su torre, o la Bella Durmiente las horas de sueño que hoy ya no tiene porque el príncipe no ha llegado a palacio.  A excepción de dos o tres matrimonios que conozco, el resto de parejas a mi alrededor no son lo que se pueda decir la envidia del reino. Lo que me hace pensar que hay algo que aún no nos han dicho de los cuentos de hadas.

No estoy en contra del matrimonio ni soy lo que seguramente algunos lectores estarán pensando: una solterona, feminista y  amargada. Pero con lo que sí estoy en total desacuerdo es con el arquetipo que se ha creado: que el matrimonio es el principal objetivo de toda mujer y que sólo se puede ser feliz si se tiene marido. Aunque suene a cliché, la vida es muy corta para vivirla desde el miedo: miedo a la soledad, miedo al que dirán, miedo al sentimiento de incapacidad por no haber tenido o conservado un matrimonio, miedo a no poder generar los ingresos para vivir, miedo a quedarnos “dormidas” para siempre.

No importa lo que yo diga, piense o escriba, para el resto de la humanidad, una vez cumpla los cuarenta años pasaré de soltera a solterona. De hecho cada vez que alguien menciona la maléfica palabra, porque ser soltera es como tener un maleficio, la gente me mira, algunos se avergüenzan, otros sienten lástima y otros (sobre todo otras) se alegran. Yo por mi parte puedo decir: ¡Soy feliz, y no tengo marido!



martes, 6 de marzo de 2012

Por los derechos de la marihuana

Nunca he entendido la prohibición al consumo de sustancias psicoactivas como la marihuana, y mucho menos la discriminación de la que son objeto los consumidores de dichas sustancias. Por ejemplo, se oye con frecuencia, y en tono despectivo, la expresión “ese es un marihuanero” o “ese es periquero”, y apuntándoles con el dedo índice se les hace el peor de los juicios morales, sin oportunidad de defensa por parte de los malvados drogadictos. Y si en la calle usted  se llegara a encontrar con uno de esos demonios, lo mejor que puede hacer es echar a correr porque lo mínimo que le puede suceder es que lo atraquen o le metan una puñalada. Pero jamás he oído que con desprecio, subiendo la ceja y torciendo la jeta se refieran a un individuo que toma aguardiente como “ese es un aguardientero” y lo fichen como si fuera un vil delincuente. No se nos olvide que hasta hace poco tiempo el licor, en algunos países, era una bebida prohibida. Incluso hoy en día, en algunos lugares aún lo es.

Qué mal le puede hacer a la humanidad un marihuanero afectuoso, sonriente  y trabado.  Ninguno. Yo lo prefiero, antes que a una cantidad de amargados, resentidos y envidiosos que andan sobrios por la vida atormentándole la existencia a los demás. Y a quienes les haría falta una buena dosis de porro.

La prohibición es un absurdo. En Colombia, el precio de un cigarrillo de marihuana es igual al de un cigarrillo de nicotina, y el domicilio de las drogas prohibidas es más eficaz que el de Drogas la Rebaja. Haga el ejercicio. Pida a la droguería una caja de condones y al mismo tiempo llame a su “dealer amigo” para que le traiga un moño de bareta. Le aseguro que llega primero la marihuana que los condones. No le cobran el domicilio y el mensajero es más simpático que el de la droguería. Claro, viene en una traba buenísima. En conclusión, la prohibición no limita el consumo por la vía del precio como lo señala la teoría económica; la cual sustenta que los productos conseguidos en el mercado negro son más costosos debido a que la demanda supera la oferta. La prohibición tampoco dificulta la adquisición. En el país del Sagrado Corazón de Jesús, no sucede ni lo uno ni lo otro.


Los estudios demuestran que la marihuana es menos perjudicial y adictiva que el alcohol, la nicotina y hasta la cafeína, entonces por qué tanta alharaca con el pobre porro al que le han vulnerado sus derechos de libre consumo y circulación.

Es por eso que desde hace unos meses legalicé el consumo de marihuana en mi casa, y sembré una planta de Cannabis Sativa en el patio.  En el patio trasero, dijo espantada mi mamá, más que nada porque vivimos en la misma calle de la Fiscalía y no le parecía conveniente que la sembrara en el antejardín. Ahora, cada vez que tenemos visitas servimos el café con cigarrillos de marihuana. Las visitas se han incrementado sospechosamente, sobre todo las de mis tías, a tal punto que tuve que aumentar mi cultivo de cannabis. A lo cual mi mamá puso objeción: «No vaya a convertir el solar en un cultivo ilícito de marihuana y me “glifosateen” las orquídeas»”. Dijo con tono desesperado.

Actualmente, estoy haciendo una campaña puerta a puerta para que todos en el barrio siembren un mata de cannabis, ya sea para consumo interno o para obsequiarle al vecino marihuanero. Con este proyecto espero contribuir, en algo,  a reducir la violencia, fruto de los millones de dólares producto del narcotráfico, fuente principal de financiación de la guerrilla colombiana.


Siembra tu propia mata de cannabis y ayuda a liberar un secuestrado de las selvas colombianas.

martes, 8 de noviembre de 2011

Los caballeros las prefieren putas

Siempre he querido ser puta. No puedo negar que me ha parecido extraño gozar de tan exótico deseo. No vivo precisamente en un entorno progresista y tolerante, vivo en Colombia, una sociedad machista y retrógrada, en la que no es bien visto ser puta o querer serlo. En donde ser puta es casi igual a ser  delincuente, y aquellas mujeres que ejercen este antiguo oficio hacen todo lo posible por esconder su verdadera actividad, por temor a ser reprendidas y señaladas por la sociedad. Pero yo a pesar de todo, siempre he querido ser puta.

Sólo hasta ayer que leí un articulo en la revista ArcadiaEl insulto mas antiguo del mundo, donde se cita,  Historia de una mala palabra, de Julio Cesar Londoño, descubrí porque quiero ser puta.

Dice Julio Cesar Londoño en su artículo, que al buscar en el Diccionario Etimológico Latino‑Español de Commeleran el significado de la palabra puta, encontró: pensar, creer, destreza, sabiduría. Motivado, como no, por tan pródigo descubrimiento continuó con su investigación. Mas adelante indica el texto: “Encontré que el verbo latino puto, putas, putare, putavi, putatum, procedía de un vocablo griego, budza, que significaba sabiduría hacia el siglo VI antes de Cristo… En Mileto, la ciudad de Thales, el geómetra, las mujeres podían asistir a las academias y participar de la vida pública…. Los atenienses quedaron maravillados de estas mujeres que además de bailar y cantar conocían de historia, astrología, filosofía o matemáticas; con las que se podía reír antes del amor, y conversar después.” Vale la pena aclarar que en la Atenas de la antigüedad, similar a la Colombia de la actualidad, las mujeres eran creadas para tener hijos y cuidar de la casa, y no  gozaban con el privilegio de acceder al conocimiento.


Debido a que los atenienses disfrutaban con la  compañía, no sólo por una noche, de las mujeres milesias, sus esposas (celosas, intrigantes y sin educación) empezaron a llamar a estas sabias, a estas budzas, con el fonema pudza, el cual a su vez se fue degradando hasta lo que hoy conocemos como puta. Con este magnífico hallazgo,  ratifico una vez más mi teoría que el peor enemigo de las mujeres somos nosotras mismas las mujeres. Nos arde la sangre  cuando vemos una mujer inteligente, graciosa, bonita o “buenona” y de inmediato, al igual que nuestras congéneres atenienses, le aplicamos el calificativo de puta.

El tema de las amantes y cortesanas siempre me ha interesado, y el descubrimiento griego incitó aún más mi curiosidad. Me puse entonces en la tarea de investigar y encontré, con grata sorpresa, que la palabra inglesa witch (bruja), viene de la palabra antigua  wicca  (modo de hacer las cosas) de donde sale la palabra wisdom (sabiduría). O sea que una mujer bruja es también una mujer sabia.

Ahora que ya sé el verdadero origen de la palabra puta, el porque de su tergiversación, y la inherente conexión con la sabiduría, le pido a Atenea (diosa griega de la sabiduría) que me bendiga con la virtud de ser puta.

¡Los caballeros las prefieran putas, no brutas!