viernes, 22 de junio de 2012

Enredos de la red


Es un hecho que las redes sociales son una gran herramienta de movilización. Han tumbado regímenes dictatoriales,  organizado marchas de indignados,  ayudado a subir presidentes, echado abajo reformas a la justicia en repúblicas bananeras. Pero no nos digamos mentiras, para lo que más sirven es para averiguar chismes y para aparentar.

Entro en pánico cada vez que me encuentro en alguna de estas redes con un ex compañero de la universidad, o un ex colega de la época en la que tenía un trabajo “normal”, de esos de lunes a viernes de 8:00 a.m. a quién sabe qué horas, con media hora de almuerzo, dos horas diarias conduciendo de ida y vuelta, un jefe insoportable, compañeros estimables unos pocos,  y de los otros mejor no hablo porque sé que me leen algunos.  Cuando esos encuentros suceden, quiero esconderme debajo de la mesa del computador, porque ya sé lo que se me viene encima.

— Hola, Martha —o Gato según quien sea el interrogador—. Tiempo sin verte, ¿cómo has estado?

—Hola, fulanita. Yo bien, gracias, y tú.—digo tímidamente.


¡Ay, Dios! Para qué pregunté.

— Súper bien, me casé, tengo dos hijos divinos, no porque sean mis hijos, pero son una belleza tienes que conocerlos.  Mi marido, que digo marido, maridazo, es vicepresidente en una multinacional. Tenemos una casa espectacular en  Mesa de Yeguas, en el próximo puente hablamos para que vayas. Acabamos de llegar de Bali de una segunda luna de miel, si no conoces, tienes que ir.  Pero cuéntame de ti, la última vez que nos vimos eras gerente de una marca de agua embotellada, o era de un chocolate, o de una marca de lavaplatos. Bueno, ya no me acuerdo, pero lo que sí sé es que acababas de llegar de hacer el MBA.  ¿Dónde estás ahora? Ya te casaste, me imagino.

¡Mierda! Y ahora qué contesto, gerente, mercadeo, marca, agua, chocolate, lavaplatos, multinacional, marido. Ninguna de las anteriores.

— A ver, qué te digo, hace rato que no trabajo en mercadeo.

—Y entonces,  a qué te dedicas.

Y ahora cómo le explico a esta que tengo un blog y soy bloguera, que para la mayoría de personas es no hacer nada. Porque para muchos, escritor y holgazán son sinónimos. Y más aún en este país que si uno no es presidente de una compañía, gerente de algo, director de departamento, empresario o doctor, no es nadie.

—¡Bloguera! ¿y eso es un trabajo? —Es lo primero que me preguntan.

La ventaja de empezar la conversación por el cambio de profesión y de oficio es que la gente queda tan aturdida que no hay tiempo de pasar al tema del marido y los hijos.

—Sí claro, voy a leer tu blog. Mucha suerte y nos estamos viendo por acá. —dice la desconcertada interrogadora.

¿Cómo que por acá?, no íbamos para Mesa de Yeguas en el próximo puente.

Por cuenta de hacerle publicidad a mi blog, a ver si algún día puedo ir a Bali, me he inscrito a cuanta red social existe, la última a la que me uní fue Linkedin.  Todas mis expectativas de lo que es ser esnob, fueron superadas. Los cargos, aunque existe la opción de escribirlos en español, están la gran mayoría en ingles: owner, CEO, director, manager, assistant, analyst, consultant, etcétera, así la casa matriz esté ubicada, en un garaje, en Madrid (Cundinamarca). Como es una red de contactos profesionales se debe hacer una descripción del perfil o anexar la hoja de vida. Claro está que si usted no tiene un currículum vítae con títulos de universidades extranjeras, y que preferiblemente inicien por University of, mejor ni se asome por allá, que fijo hace el ridículo. Visto lo anterior, no sabía qué escribir, y como la opción de “it's complicated” no estaba, pues no me quedó más que poner writter, en inglés para darme caché. Sin embargo, de las casi doscientas solicitudes que envié para agregar a mis amigos a la red, no me han aceptado sino treinta y cuatro. Lo dicho, si uno es escritor, y no se ha ganado ningún premio, de inmediato queda en la categoría de los perezosos, borrachos y marihuaneros, que por mí está muy bien, pero es bastante injusto con los demás.

Por eso me gusta Twitter, porque en 140 caracteres nadie le cuenta estupideces ni le pregunta bobadas.

viernes, 15 de junio de 2012

¿Así, o más boba?


Este año, como cosa rara, recibí una cantidad enorme de regalos de cumpleaños: tres. El de mi mamá, el de mi hermano y el de mi mejor amigo. Tres paquetes rectangulares tamaño carta, por lo que de inmediato deduje que eran libros. Qué falta de creatividad, pensé. Cualquier persona que me conozca sabe que la mitad de mi salario lo invierto en libros, bien me habrían podido regalar unas gafas para leer, que bastante falta me están haciendo ahora con la presbicia. Pero en fin, puse cara de feliz cumpleaños, tres besos, tres agradecimientos y abrí los paquetes. El regalo de mi hermano Todas brujas: las ventajas de ser mala de Ana Von Rebeur; el de mi mamá ¿Por qué los hombres aman a las cabornas? De Sherry Argov; y el de mi mejor amigo The Rules de Ellen Fein y Sherrie Schneider. ¡Qué es esto? Dos libros de cómo conseguir pareja y un tercero de cómo dejar de ser tan imbécil. ¡Mierda! La señal no podía ser más evidente, las personas que mejor me conocen y que, asumo, más me quieren, piensan que soy una estúpida en relaciones amorosas y una tarada en las demás.  Al principio me dio rabia, no pues qué tal estos tan evolucionados, dando cátedra, yo también sé que libros les voy a regalar a cada uno de cumpleaños y no son precisamente Soy exitoso, millonario y feliz. Sin embargo, dejé lo que estaba leyendo en ese momento y empecé con Todas bujas: las ventajas de ser mala.  A los cuatro días ya había leído los tres. Hoy tengo un PhD (teórico) en cómo conquistar a Mr. Right y dejar de ser la imbécil que siempre he sido.

Primera recomendación de las maestras: Nunca persigas a un hombre. ¿Qué? ¿Cómo así que no? Y ¿por qué? Estas gurús de las relaciones plantean que a los hombres les gusta conquistar y no ser conquistados. Que a los hombres les encanta sentir la adrenalina que produce la incertidumbre de la aventura, que les atrae la dificultad de la misión y que entre más difícil sea la tarea con mayor obstinación la realizan. Tan brutos, pensé yo. Cómo que les atrae lo difícil, si las cosas entre más fáciles mejor, eso de luchar sin tregua por lo que se desea es pura retórica platónica. Como así pienso yo, asumía que todo el mundo pensaba igual, y es por eso que cuando estoy saliendo con alguien llamo, llamo y llamo con cualquier disculpa. Y sin disculpa también. Sherry Argov tiene la teoría que todo lo que se persigue tiende a huir. En eso sí le doy la razón.  Intente atrapar a una gallina, y vea como huye la maldita. Ahora que lo veo en retrospectiva, todas mis conquistas han huido como etíope en maratón.

Segunda recomendación de las maestras: Si el hombre con el que estás “flirteando” te llama el viernes a las siete de la noche a invitarte a salir, debes rechazar la invitación. ¿Cómo? ¿Y eso desde cuando? Según The Rules, para aceptar un “date” el viernes en la noche, el chico debe llamar por tarde el miércoles, si aparece después de ese día se debe rehusar la invitación, de lo contrario pareceremos desesperadas y completamente desprogramadas. Bueno, pero es que así estoy yo, o por qué creen que siempre escribo el blog los viernes por la noche, no será porque tengo una fila india de Pierces Brosnans en la puerta de mi casa.  Cómo es posible que en todos estos años a mí nadie me había dicho lo de la teoría del miércoles. Si el chico con el que estoy “flirteando” no me ha llamado el viernes a las siete de la noche, pues lo llamo yo, con cualquier disculpa o sin disculpa. Según leí, fue con estas reglas que Kate Middleton conquistó al príncipe Guillermo. Con razón  lo más cerca que he estado de un miembro de la monarquía ha sido del “Rey del despecho”, en Pereira City.

Tercera recomendación: Nunca, oye bien, nunca canceles tus actividades personales como ir a clase de yoga o ir a cine con tus amigas por salir con tu chico o esperar a que te llame. Si lo haces le enviarás el mensaje que estás desesperada por estar con él. Algo así más o menos era lo que decía en los libros. A mí lo único que me ha faltado es renunciar al trabajo para estar con el espantapájaros que me gusta. Pero estas señoras en qué mundo viven, cómo no va a estar uno desesperado por salir con cualquier homínido masculino cuando ha estado, digamos, 11. 5 meses sin salir con nadie, con todo y eso, pretenden que uno diga: no gracias, voy para cine con Anis, Mechis y Puchis. Que va, yo cancelo lo que sea y salgo corriendo con el sujeto.

Las historia sigue y sigue, pero mejor dejemos hasta acá porque donde continúe contándoles el resto de estupideces que he hecho durante todos estos años, pensarán ustedes, no sólo que soy una idiota, sino que todo es ficción.  Por si acaso, voy a poner en práctica las recomendaciones de las maestras.

viernes, 8 de junio de 2012

El afán es de la clase media


Para seguir en la línea de mis investigaciones sociológicas, realicé un estudio acerca del comportamiento apresurado de los usuarios de avión. No sé a ustedes, pero a mí siempre me ha parecido muy extraño que los viajeros salten de sus sillas, como si el avión fuese a explotar, apenas éste aterriza. No ha terminado el auxiliar de vuelo de decir en qué ciudad aterrizó el avión, cómo se llama el aeropuerto, la hora local y la temperatura exterior, cuando ya la muchedumbre está de pie en el estrecho pasillo haciendo tumulto y  atentando contra la seguridad de los demás pasajeros con computadores portátiles, maletas de mano, carteras y bolsas del Éxito. Debido al limitado espacio del pasillo, es casi imposible no ganarse, como mínimo, un codazo.

Aunque insisto para que me asignen la silla de la ventana, generalmente me dan la del pasillo, por lo que varias veces he sido víctima del afán de los viajeros.

—Me da permiso, por favor. —Dice la pasajera que está a mi lado, tan pronto el avión pone llantas en la pista.
—Señora, pero para dónde va, no ve que el avión no se ha detenido y la azafata dijo que no nos levantáramos de la silla por motivos de seguridad. —Contesto yo, en un acto de inusual tolerancia.
—Bueno qué, se va a mover o me paso por encima. —Increpa la apresurada viajera.

Ante semejante muestra de ímpetu latino y prisa colombiana, no me queda más que levantarme de la silla, darle paso a la apurada pasajera, para que ésta salga al pasillo a aumentar la congestión, y luego regreso a mi silla a ver el espectáculo.

Durante años me he dedicado a estudiar este curioso comportamiento de la idiosincrasia colombiana, no sé si en otros países suceda lo mismo, y he llegado a la conclusión que es una conducta típica de la clase media. En las aerolíneas comerciales viajan dos tipos de pasajeros: los ricos, que se ubican en clase ejecutiva y ni se enteran de lo que sucede atrás con el vulgo, y la inmensa clase media que se apeñusca en el pasillo apresurada para salir.  Los millonarios no viajan en esta clase de aerolíneas, ellos tienen su avión privado,  y los pobres o viajan en bus o no viajan. Es por eso que el estudio se centralizó en la clase media, que  aparte de todo es la gran mayoría de la población.

Dentro de los viajeros de clase media existen diferentes tipificaciones según la finalidad del viaje, a saber:

1. Viaje de negocios empleado subordinado:

Si el viajero va de trabajo, y es empleado, debe darse prisa porque en cualquier momento lo va a llamar el jefe a preguntarle:  

—Qiubo, Mario, ya terminó la reunión, qué tarifa negoció, qué plazo le dio, le pagaron la factura pendiente, pudo meterle al cliente los cañengos que tenemos en la bodega.

—Doctor, es que todavía no me he bajado del avión.

—¿Cómo así que no ha salido del avión? Apúrese, qué cree, que se fue a Pasto de turismo. Si quiere vaya y se da una vueltica por Las Lajas.

Es en ese momento cuando el pobre Mario, que va a mi lado, voltea y me dice:

— Usted es que se va a quedar ahí sentada esperando a que el avión vuelva a despegar o qué.


2. Viaje de negocios empleado independiente:

Si el viajero es independiente, el asunto del afán es aún peor, tiene que aprovechar al máximo el tiempo que va a estar en la ciudad, porque todos los gastos corren por cuenta de su bolsillo, del bolsillo de Alberto, que como buen ejemplar masculino aprovecha el viaje de negocios para darle vuelta a un “arrocito en bajo” que tiene en Medellín (Ver: ¿Por qué son infieles los hombres?).

—Hola bebe, ya llegué a Medellín. Tengo muchas ganas de verte, antes de la reunión paso por el apartamento y así nos vamos calentando para esta noche, ricura.

Después de hablar con su ricura, me mira y dice:

—Mami, levántese pues, que vamos es pa’fuera mi amor.


3. Viajero turista paquete promocional:

—Deyanira, mija, muévase que ya empezaron a contar los cinco días y las cuatro noches del Plan 25.
        Usnavy, papi, deje esos audífonos ahí.
        Leidi, coja la bolsa con la remesa y apure que vamos corriendo a conocer el mar.

La frase de viaje que mejor ejemplifica el afán de la clase media colombiana, es cuando uno está en el hotel durmiendo el guayabo después de una noche de “Marcha madrileña”, y en un ataque de filantropía el compañero de cuarto le dice: levántese, o fue que vino a dormir en euros.


Tanto los ricos como los pobres saben que por más que se apresuren su nivel de vida no va a cambiar de manera significativa. Sólo la arribista clase media es la que siempre está corriendo, para acercarse a los unos y alejarse de los otros.

viernes, 1 de junio de 2012

Cuarenta por detrás, cuarenta por delante



       —Señora, no se preocupe, eso es normal a su edad. —dijo el médico en urgencias.
       —¿A mi edad doctor? Pero si apenas estoy cumpliendo cuarenta años. —dije yo, al borde de un colapso.
       —El cuerpo humano es como los carros, se oxida con el tiempo. —dijo el médico con mucha desfachatez y sin asomo de vergüenza.

       Así fue como celebré mi cumpleaños número cuarenta, en la clínica y conectada a una bolsa de suero. No, precisamente,  a causa del guayabo de la fiesta de celebración. Con cocteles sí, pero de relajantes musculares, antiinflamatorios y Valium, para una lumbalgia causada, según el médico, por la “oxidación” de las vertebras lumbares, propia de la edad. Y como todo lo que empieza mal es susceptible de empeorar, apenas comenzaba el Vía Crucis.

       A los pocos días empecé a darme cuenta, al principio con extrañeza y luego con preocupación, que la gente comenzaba a llamarme con el título de señora o doña. Y sí, yo también creía, como seguro muchos de ustedes, que esos títulos nobiliarios se nos adjudican por nuestra impecable figura inglesa, o porque inspiramos respeto y admiración. Pero no se engañen, después de un minucioso estudio me di cuenta que tan alta distinción se nos confiere única y exclusivamente porque nos hemos vuelto viejos. Cuando uno es joven, las personas mayores que uno y las contemporáneas lo llaman por el nombre o por el apodo. A media que se va envejeciendo, los que antes eran mayores hoy están muertos o ni lo reconocen, y sólo quedan los contemporáneos y una gran masa de gente menor (para los que somos unos cuchos) quienes nos aplican el horroroso título de don, doña, señor o señora.  Si en un día lo llaman más de cinco veces con alguna de esas etiquetas váyase preparando, porque muy pronto le van a realizar su primer examen de próstata o su primera mamografía.  Y antes de lo que se imagina le van a decir “viejo verde” o “cuchibarbie atracacunas”.

       Yo creía que los cuarenta años era la mejor etapa de la vida, como le hacen creer a uno en Vanidades, Cosmopolitan y Buenhogar. De acuerdo con estas publicaciones es la edad en que la mujer combina con destreza la  madurez, la sabiduría y la experiencia adquiridas a través de la vida. Pero lo que no dicen estas revistas es que también con maestría y sin pausa se asocian las dolencias óseo-musculares con la presbicia, la gastritis, el colón irritable y hasta las hemorroides. Empieza el Calvario de los exámenes de colesterol, triglicéridos, azúcar, tiroides, corazón, hígado y riñones, y un interminable Rosario de  prohibiciones.

       Sin embargo, no todo es malo. A esta edad a uno ya no le importa, o al menos no debería importarle, lo  que la gente piense o diga de uno. Ver películas porno y decir que las vio. Hablar de sexo sin timidez y sin sentir que es pecado. No ir a entierros, matrimonios, bautizos ni fiestas de primera comunión por compromiso. En mi caso personal, la sabiduría que me confieren cuarenta años de incesantes malas decisiones me permite quedarme en casa un viernes por la noche viendo Dr. House, en vez de salir con el primer espantajo del sexo opuesto que aparezca.  He eliminado sin remordimientos varios “amigos” de mi cuenta de Facebook, de mi libreta de teléfonos, de mi Messenger y de mi vida. 

       Es una época de análisis y reflexión, donde se evalúa lo que se ha hecho y lo que se ha dejado de hacer en estos años de recorrido. Aún hay tiempo de cambiar lo que no nos gusta, de ir en búsqueda de nuestros sueños. De encontrar la felicidad que está dentro de nosotros, pero que no la vemos por estar buscándola por fuera: en la pareja, el trabajo, los hijos, el dinero. Bucear hacía las profundidades de nuestro ser y descubrir nuestra esencia, nuestra divinidad. Mirar hacia delante con alegría y optimismo. No importa la edad que se tenga, mientras estemos en esta vida aún podemos renacer.

Mejor me voy a dormir porque ya parezco Deepak Chopra.

viernes, 11 de mayo de 2012

Se busca marido

Tengo que confesar que me he dejado influenciar por la presión social, han sido tantos los comentarios acerca de mi soltería y tantas las demostraciones de lástima por mi desdichada condición, que he decidido buscar marido.

Como fiel seguidora y asidua practicante de temas de La Nueva Era, lo primero que hice fue comprar una lámina en corcho para crear  el “tablero de los sueños”, tal y como lo sugieren en El Secreto.  La Ley de atracción dice que los pensamientos y los sentimientos son el motor de la creación, se debe sentir que ya se obtuvo lo pedido para de este modo iniciar el proceso de materialización. La visualización, de acuerdo con esta teoría, es fundamental  para la realización de los deseos.

Teniendo en cuenta lo anterior inicié mi búsqueda. Recorté de GQ y Men’s Health fotos de hombres apuestos y bien vestidos, tipo modelito de Calvin Klein. Recorté también la foto que del Tino Asprilla salió en Soho (hay que pedir de más, porque siempre toca negociar). En resumen, eran hombres de más o menos 1,80 cm de estatura, cuerpo atlético, cara cuadrada, nariz recta, cejas pobladas, piel bronceada, barba poblada.

Siguiendo las recomendaciones de los maestros New Age, hice una lista con las características que debía tener ese hombre de mis sueños: amoroso, trabajador, sensible, espiritual, estable económicamente (léase con billete), amplio (de los tacaños, líbrame Señor),  cariñoso, tierno, fiel (de los infieles, líbrame Señor) y un largo etcétera.  Una vez terminada la lista la pegué al lado de las fotos.

Paso siguiente, buscar imágenes de la casa que iba a compartir con mi príncipe azul. Esta vez los recortes fueron de AXXIS, Casa diez, Mobiliari.  Mi tablero estaba listo.

Como soy bastante intensa, y cuando hago las cosas me gusta hacerlas bien, le puse nombre a mi futuro marido, se llamaba Pedro Luis, como el de Leonela, en honor a mi pasado novelesco venezolano. Hablaba con Pedro Luis, sentía que estaba conmigo, le contaba lo que iba a hacer, comentaba los acontecimientos del día. Me emocionaba pensar que tenía a mi lado el hombre con el que había soñado.

Pasaron los días, las semanas, los meses, y mi hombre del tablero no aparecía. Aunque conocí varios ejemplares masculinos durante esa época, ninguno se ajustaba al hombre de mi sueños. Rara vez alguno pasaba de los 1,70 cm de estatura. La gran mayoría eran practicantes de la religión “sólo quiero que seamos amigos, nada de compromisos”. Si quisiera un amigo no me hubiera pasado toda la tarde en el salón de belleza, dos horas pensado qué ponerme, y otras tantas practicando el discurso para no parecer desesperada. Además, ¿es qué no ha visto la cantidad de amigos que tengo en Facebook?  Cuando me refería a sensible, no era precisamente a la sensibilidad de la pantalla del Ipad, que era lo más sensible que tenían los aspirantes a Pedro Luis. Tiernos y cariñosos sí eran, si es que  las expresiones mami y reina caben dentro de esa categoría. No todo  fue malo, eran bastante estables, hacía como mínimo cuarenta años que vivían en la misa casa, con la  mamá. Cuando me iba bien en una cita era porque no tenía que pagar las boletas del cine, pero sí las crispetas y la Coca- Cola. Pasó el tiempo, y de Pedro Luis nada, si mucho se acercaban a Pedro el Escamoso.

Leí El Secreto por tercera vez, vi de nuevo el video de La ley de atracción, tal vez había omitido algún detalle importante, el elemento clave para la materialización de los sueños. Una vez releído el texto y repetido el video me di cuenta de los enormes errores que había cometido en la elaboración de mi “tablero de los sueños”. Para no aburrirlos voy a citar sólo algunos ejemplos.

1.   El promedio de estatura en Colombia es bastante inferior a la de los modelos de Hugo Boss, así que quité las fotos  que tenía, y colgué unas de Pirry.

2.   Hay que ser realista, cuerpos atléticos, trabajados y bronceados, sólo se ven en los modelos, en los hombres gay o en los desempleados, como no tienen nada más que hacer van todos los días al gimnasio.

3.   Tuve que reconocer que estaba pidiendo demasiado con lo de tierno, detallista y cariñoso, así que lo mejor era olvidarme de los ramos de rosas, las serenatas, los paseos románticos al campo con mantel de cuadros y botella de vino. No estamos en la Toscana. Aquí, si mucho gallina y Aguardiente Blanco del Valle en Pance. Lo mejor era incluir los términos mami y reina en esta categoría, y olvidarme del resto.

4.   La estabilidad laboral y financiera, teniendo en cuenta la crisis económica mundial, habría que ajustarla a un trabajo free lance o a consultor empresarial (que es lo mismo que ser desempleado, pero con caché)


5.   Las fotos de las casas las descolgué de inmediato. Pretender tener una mansión estilo californiano con muelle, velero y una camioneta último modelo en el garaje, si tenemos en cuenta el ingreso per cápita del colombiano, era un poquito exagerado. Así que colgué unas fotos de un conjunto residencial de esos que tienen 10 torres, mil vecinos bullosos con perros, gatos, loros y niños que gritan como desahuciados, y la tradicional venta de gaseosa y cigarrillos en la portería. Me pareció más acorde con la realidad nacional.

6.   El largo etcétera quedó en un corto hasta aquí.



Me niego a aceptar la realidad. Prefiero despertar compasión, a despertarme un día, y darme cuenta de que hubiera sido mejor seguir soñando. 

viernes, 4 de mayo de 2012

La Santísima Trinidad



-¿Qué? ¡Quiere ser puta?  -fue lo que me dijo el rector el día del grado. 

         Después de cinco años en la Facultad de Administración, la empresa que quería administrar no era una multinacional ni una prestigiosa entidad financiera, sino un prostíbulo. 
-Doctor, lo que quiero es montar mi propio negocio y convertirme en una próspera empresaria del entretenimiento nocturno, pero si usted lo quiere poner en esos términos, por mí no hay problema.
Durante los años de estudiante les propuse, con insistencia,  a mis compañeros de universidad  la maravillosa idea de montar un burdel. Pensé que alguno de aquellos futuros empresarios podría patrocinar tan estupendo proyecto.  Muy a mi pesar, ninguno se emocionó con la idea, y como yo no tenía el dinero para hacerlo, no me quedó más remedio que guardar mi antojo en el baúl de los deseos pendientes.
Mi sueño era abrir un glamuroso prostíbulo en una casona antigua, de las que se hallan ubicadas en la calle que del centro de la ciudad sube a la zona histórica. Anhelaba una casa de techos altos, paredes encaladas, pisos adoquinados, patio central con helechos y fuente de agua.  Con un amplio salón de luz tenue, que iluminara  el ambiente misterioso, ardiente y festivo de las noches eternas; un sitio donde el amor de una noche perdurara para siempre en el recuerdo indeleble de la  vieja casona, y en la vívida memoria de los mejores recuerdos.
Mi fantasía era recibir a los clientes como toda una «madame», acicalada con chalina de peluche rojo, tocado de plumas, uñas decoradas de rojo carmesí y estrellas plateadas, vestido negro largo ajustado al cuerpo y escote profundo.
«La Santísima Trinidad»  era el nombre que tenía para mi negocio, en honor a la trinidad más venerada por los mortales: la noche, el licor y el sexo.
El día de mi grado como administradora de empresas, y aprovechando que el rector estaba presente, le pregunté sobre la posibilidad de que el Programa Semilla, que financiaba proyectos empresariales a los estudiantes,  me prestara el capital inicial para montar mi negocio de entretenimiento.  Así era como solía llamarlo,  en un intento por camuflarlo, pues sabía que no iba a ser fácil que me prestaran dinero para abrir un burdel.  Sin embargo, era bastante difícil no terminar diciendo la verdad: camuflar un prostíbulo es  tan insensato como negarse a un polvo.
El rector se caracterizaba por ser una persona de ideas progresistas, y la universidad de tener ideología liberal, por lo cual  pensé que no iba a tener inconveniente con el crédito.
-¿Cómo cree que la universidad le va a patrocinar semejante inmoralidad? ¡Ésta es una universidad decente!
Resulta ahora que el sexo es inmoral e indecente.
Con el no rotundo del rector, con el temor a que me quitaran el diploma por ser una presunta practicante de la  inmoralidad y la indecencia, y con la indignación que me produce la doble moral -porque a mí que no me digan que el rector nunca había ido a un prostíbulo-,  salí del recinto y empezó mi pasión.
Decidí entonces acudir a la empresa del Estado que financiaba proyectos empresariales para jóvenes emprendedores. ¡Yo era una potencial beneficiaria del crédito! Era joven y nadie podía dudar de mi emprendimiento.
Hice todo lo que había aprendido  en la facultad: formulé y evalué el proyecto, dimensioné el tamaño del mercado (que era grande, por cierto), definí el posicionamiento (de marca), el uso del suelo,  elaboré los estados financieros proyectados a cinco años.  Durante varios días repasé el proyecto con minucia; no quería que el día de la entrevista con el funcionario estatal me hiciera falta algún dato, una cifra, un detalle pequeño que pusiera en riesgo la financiación de mi idea de negocio.
La noche anterior a la cita no pude dormir, repetía una y mil veces lo que iba a decir, daba vueltas en la cama cambiando los diálogos -a la vez que formulaba, respondía las preguntas-,   me levanté de la cama  en medio de la noche, y frente al espejo hice la presentación, gesticulaba con las manos, miraba a los ojos a mi interlocutor, que a esa hora de la noche era el perro; volvía y me hacía a mí misma preguntas, que respondía cada vez de  diferente manera. Entre presentaciones al público asistente en el espejo y conversaciones interminables con el cuadrúpedo,  solo dormí una hora.


 -Buenos días, busco al doctor Fernández.
-¿Viene para la presentación del proyecto?
-Sí, señora.
-En el salón del fondo están todos los proponentes.
¡Todos los proponentes! ¿Cómo así? Yo creía que presentaría mi propuesta de negocio de forma individual. ¡Qué equivocada estaba! Al llegar al salón del fondo me encontré con más o menos treinta personas. Antes de que iniciaran las exposiciones, indagué acerca de qué clase de negocios iban a presentar; así no sólo sabría a qué me iba a enfrentar, sino también qué posibles clientes podría pescar allí.
-Mi proyecto es una comercializadora internacional de artesanías,  dirigida al mercado inglés -dijo un chico de gafas redondas, chaleco a cuadros, pantalón de pana gris y un mechón grasiento que caía sobre su frente. Éste definitivamente no será cliente de «La Santísima Trinidad»;  mejor pasemos al siguiente, pensé.
-Una microempresa de confección, de camisas para hombre, dirigida al mercado español  -comentó Felipe, un chico trigueño, no muy alto, ojos verde oliva, pelo marrón desmelenado, barba de dos días, piernas gruesas, pecho amplio y nalga parada.
 -Un cultivo de espárragos a gran escala, enfocado al  mercado holandés -contestó una chica de falda larga, buzo cuello tortuga, pelo hasta la cintura y un inmenso crucifijo colgado al cuello.
¿Y es que el mercado local no cuenta, o qué? Voy a tener que replantear el posicionamiento de mi negocio: burdel a gran escala para el mercado mundial.
Una hora después, y valiéndose del poder que el dinero de los contribuyentes les otorgaba, entraron los cinco burócratas entrevistadores, con vestido de paño motoso, ajado y chafado.  Nos miraron con enojo, por ser los culpables de que aquel día hubiesen tenido que trabajar, de que el café de la mañana sólo hubiese durado cuarenta y cinco minutos, y de que el juego de solitario hubiese tenido que aplazarse hasta el día siguiente.
         Uno a uno pasaron  los jóvenes emprendedores a exponer sus proyectos. Los funcionarios hacían preguntas como tasa interna de retorno, tiempo para alcanzar el punto de equilibrio, número de empleos generados a mediano plazo,  aceptación del  producto o servicio por parte del mercado objetivo. 
¡Estoy salvada! Mis indicadores de gestión son inmejorables, sobre todo los que tienen que ver con generación de empleo y aceptación del servicio por parte del mercado objetivo.
Llegó  mi turno. Me estiré la falda del sastre rojo que llevaba puesto (no era mucho lo que se podía estirar), me acomodé la vena de las medias veladas,  me pasé la mano por el pelo, asentándome el cepillado,  cogí la carpeta con los acetatos y subí a la pequeña tarima que tenía el salón.
-Buenos días. Mi nombre es Estrella, soy administradora de empresas  y voy a presentarles mi proyecto de negocio, que consiste en montar un establecimiento de entretenimiento nocturno.  El negocio, que tendrá por nombre «La Santísima Trinidad»,  estará ubicado en el centro histórico de la ciudad, en el barrio Santa Fe, sitio privilegiado para el mismo, puesto que en la zona se hallan  varias universidades, edificios gubernamentales, oficinas, entidades financieras.   El negocio no necesita inversión inicial alta, sólo lo que concierne a la adecuación de la casa, compra de muebles, cortinas y artículos de decoración, ítems que pueden ver en la página ocho bajo el rubro de montaje inicial.  La ropa,  los baby dolls,  los zapatos y el maquillaje de las chicas están en el rubro dotación empresarial.  Los condones, en el de herramientas de trabajo. Dentro del programa de capacitación y desarrollo están las charlas sobre enfermedades de transmisión sexual y unos talleres sobre uso y práctica del  Kamasutra.
-Ya puede sentarse  -me dijo uno de los funcionarios. 
El éxito de mi presentación y del negocio mismo estaba asegurado.  El negocio era rentable, tenía una alta tasa interna de retorno, presentaba punto de equilibrio a los seis meses,  la inversión era baja,  y si por algún motivo mis proyecciones no funcionaban,  estaba la opción de que el Estado se quedara con el negocio: si tienen haciendas con hipopótamos, casas con grifería de oro y fincas con angelitos de cerámica haciendo pipí, ¿cuál es el problema de tener un burdel?  Al ver que ninguno de los cinco entrevistadores me hizo preguntas, me veía esa misma tarde, buscando la casa para mi negocio.
Me senté feliz. Los otros proponentes murmuraban entre sí. La envidia, como dicen por ahí, es mejor despertarla que sentirla. Claro, como a ellos los ametrallaron a preguntas y a mí no me hicieron ni una, se están muriendo de la rabia. Pensaron que sus negocios internacionales iban a estar por encima del mío. Pues se equivocaron. ¿Acaso no les enseñaron en la universidad la importancia del mercado nacional?
-Señorita Estrella -dijo el doctor Fernández.
-Estrellita -dije yo.
-Es una verdadera insolencia lo que usted acaba de hacer.  Su presentación es un irrespeto no sólo para con nosotros, sino también para con los demás proponentes. ¡Piensa que el Estado va a invertir  dinero en un prostíbulo? ¿No se da cuenta de que es un negocio inmoral? ¿Qué clase de moral tiene usted, si es que tiene alguna? ¡Ésta es una entidad seria y respetable! No patrocinamos la vagabundería ni alcahueteamos la sinvergüencería. ¡Haga el favor de retirarse inmediatamente!

¿Inmoral? O sea que se opone a las buenas costumbres.  ¿Y  a éstos quién les habrá dicho que el sexo es una mala costumbre?
Miré a los ojos a mis entrevistadores, uno por uno, con la cabeza en alto, la mirada fija y sonrisa un poco burlona, y en tono sarcástico les dije: Señores, los espero en mi negocio. Conozco un remedio para las malas costumbres.
Sorprendida, desilusionada y triste, me fui a la iglesia del Divino Niño, a buscar un milagro; alguien me prestaría el dinero, de eso no tenía duda. Me arrodillé en la primera fila, de frente al Divino Niño, que con su vestido rosado y los brazos abiertos parecía decirme: ven acá hija mía, yo te voy a ayudar. Con tal de que uno de los tres,  el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo se apiade de mí y de mi negocio, prometo hacer mis oraciones todas las noches y traer sin falta cada mes el diezmo.  Fue en ese momento cuando apareció un sacerdote bajito, rechoncho, calvete, con túnica fucsia, acompañado de tres hombres jóvenes, altos, rubios, como ángeles. Vea dónde  viene uno a encontrar los clientes, pensé.
El sacerdote cogió el micrófono y  anunció que los tres hombres eran de la ONG holandesa «Mujeres en progreso», y que iban a financiar proyectos empresariales a mujeres emprendedoras. Otra vez yo, mujer y emprendedora.  Me acerqué temerosa: si los laicos me habían sacado casi a patadas, no me imaginaba lo que me podría suceder con los clérigos. Claro que tuve precaución y no fui directamente al sacerdote, sino donde uno de los holandeses.
-Good morning, míster. I have a wonderful business project.
-Cuénteme de qué se trata -contestó el holandés.

¡Juemadre! Qué maña la mía de hacer siempre el ridículo. Yo dándomelas de muy internacional, y éste habla español.
         Con recelo saqué nuevamente mis acetatos, los extendí sobre una mesa que había en la sacristía, adonde nos  habíamos dirigido,  y le expliqué el proyecto.  Cuando terminé mi exposición, el holandés, sin ningún tipo de expresión en su cara  y mirándome a los ojos, dijo: Entiendo. Lo que usted pretende  montar es un local  como los del «Barrio Rojo de Ámsterdam». Me parece muy buena idea de negocio. Debemos hacerle unas modificaciones a la presentación del proyecto, y luego de eso cuente con nuestro apoyo y colaboración.
¡Voilà!  Por fin alguien me entendió.
Emocionada, me le abalancé y lo abracé.  Con los ojos aguados, con un vacío en el estomago y un nudo en la garganta, que no me dejaba ni respirar, le dije: Dios le pague, míster.

         Seis meses después (con el apoyo de los holandeses, la mediación de la Trinidad y la bendición del cura),  el rector, los burócratas,  los compañeros de la universidad, uno que otro sacerdote libertino, Felipe, las chicas y yo, inauguramos con una fiesta celestial «La Santísima Trinidad».